Fundación fënn

Testimonios

Mi milagro 4CC

26 de diciembre de 2023

Por años estuvimos sentados en lados opuestos de la misma mesa en Navidad. Con Alan fuimos “concuñados”, pero nuestra relación no empezó hasta después que terminamos con nuestras parejas. En ese entonces hasta lo encontraba pesado.

Tres años estuve con mi ex pareja en una relación estable pero que terminó en una infidelidad de él. Llevábamos un año tratando de tener hijos y hoy creo que fue una bendición que no hubiera resultado en ese minuto.

Alan, hoy mi marido, trabajaba en el área farmacéutica y yo necesitaba encontrar unos medicamentos y lo contacté unos meses después de mi quiebre.

Cuando llevábamos sólo un par de meses pololeando, una de las primeras cosas que le pregunté fue si quería ser papá. Yo a esas alturas no podía negar que era lo que más anhelaba. Si él me hubiese dicho que no estaba en sus planes, habría dejado la relación hasta ahí. Pero (menos mal, porque me encantaba) él quería una familia numerosa, aunque no estaba apurado por el tema. Aun así, una vez que nos casamos estuvo de acuerdo con empezar a intentarlo de inmediato.

Después de haberlo intentado con mi ex, tenía la tincada de que algo no andaba bien. A pesar de que mis exámenes salían todos en regla. Por esto, a los ocho meses decidí ir donde un especialista. Él se mostró súper optimista, mi reserva ovárica era discreta, pero no mala y además de eso no había nada que explicara por qué no nos estaba resultando.

Nos aconsejó partir con una inseminación intrauterina, pero después de analizar tasas de éxito y, dado que nosotros queríamos una familia numerosa, decidimos irnos directo al in vitro, para irnos a la segura. Esto, porque a nuestros ojos era un procedimiento 100% seguro ¿Cómo podía fallar?

Empezamos nuestra primera FIV con las expectativas por las nubes. Logramos cuatro embriones sin estudio genético porque, por nuestra edad y antecedentes, no se justificaba realizarlo. Nosotros queríamos hacerlo, pero le hicimos caso al doctor. Hicimos la primera transferencia y nada. La segunda y nada.

En ese minuto pedimos que se mandara a estudiar los embriones que nos quedaban. Entendíamos que era un riesgo descongelarlos y volverlos a congelar, pero yo no podía manejar ese nivel de incertidumbre, no sabía cómo cuantificarle al doctor el dolor de un negativo más. El resultado fue súper desmoralizante: ninguno de los embriones que nos quedaban eran compatibles con la vida.

Mi marido ya estaba dudoso de continuar. Me sugirió que adoptáramos, pero para mí esa no era una opción. Mi sueño era vivir el embarazo, sentir la guatita. Deseaba con toda mi alma experimentar ese aspecto de la maternidad. No es que la adopción no sea maravillosa, sólo que renunciar a vivir el embarazo era algo que no estaba dispuesta a hacer, no de primera.

El tema genético, en cambio, me daba igual. Si necesitábamos ovodonación, espermiodonación o ambas no me importaba. Fue un punto crítico en nuestro matrimonio, pero llegamos al acuerdo de revisitar el tema de la adopción cuando hubiera agotado las posibilidades de vivir un embarazo.

Partimos de inmediato una segunda FIV. Esa vez solo logramos 2 embriones, de los cuales uno era viable. Y entonces, llegó la pandemia, los encierros y la angustia. Cuando ya estaba todo listo para transferir, me dio COVID, sin síntomas, pero larguísimo. Marqué positivo por meses. Y la clínica tenía protocolos muy rígidos, por lo que no me dejaban hacer la transferencia hasta marcar negativo.

Ya un poco cansada de dilatar el proceso, busqué una segunda opinión y empezamos todo de cero con un nuevo doctor. Por supuesto, a estas alturas mi AMH se había ido a pique, por lo que nos propusimos banquear embriones antes de hacer cualquier transferencia. El sueño de nuestra familia numerosa no había desaparecido.

A estas alturas, yo ya participaba en comunidades de Fënn, había leído un montón y llegaba a las consultas mucho más empoderada, así que le pedí al médico que me hiciera todos los exámenes que me ayudaran a descartar que mi cuerpo tuviera algo más que impidiera los embarazos. Hasta el día de hoy me felicito a mí misma por mi insistencia, tenía varias cosas alteradas: ventana de implantación corrida y endometritis severa.

Hicimos una primera estimulación y nos fue super considerando mi reserva ovárica, logamos 4 embrioncitos, de los cuales sólo 2 eran compatibles con la vida después de hacerles estudio genético.

Decidimos hacer una nueva estimulación el sueño de tener 2 o 3 hijos seguía ahí, aunque se sintiera lejos, fuimos extremadamente ordenados con los gastos. Antes de empezar nos cambiamos a un plan que tenía mejor cobertura de fertilidad y sabemos que somos unos privilegiados por haber podido hacer tantos intentos. Muchas mujeres que he conocido en este camino no tienen ni la posibilidad de seguir intentándolo una segunda vez y es extremadamente injusto. La posibilidad de ser padres no debiese depender de nuestra capacidad de pagar.

Hicimos una estimulación más suave, apostando a pocos huevitos, pero de mejor calidad y que crecieran todos de manera uniforme. Obtuvimos dos embriones sanos. Cuando estábamos listos para empezar con una nueva transferencia, de nuevo me dio COVID (¡cómo tan mala suerte!).

La espera se me hizo eterna y llegué a la transferencia, muy ilusionada porque el embrión era perfecto: tenía estudio genético y era de buena calidad. Ya había hecho todo lo que humanamente se podía hacer. ¿Cómo no iba a resultar?

No funcionó. Negativo.

En ese momento, hice las paces con la incertidumbre de este proceso y me entregué a seguir con lo que viniera.

Decidimos ir por otra transferencia. Pero, sorpresa, de la nada se me quebró una costilla. ¡Yo ya no daba más, cuando me iba a dejar de llover sobre mojado!

Mi doctor, muy precavido, quería descartar que fuera algo más y me mandó a hacer un examen que salió alterado. Pasaron tres meses entre médicos y estudio, y todo indicaba que dicha alteración se debía a una posible endometriosis.

Por fin, un 28 de diciembre, hicimos nuestra quinta transferencia con el peor de nuestros embriones: un 4CC. Uno llega deseando a los años nuevos y así llegue yo ese 31, con todo el anhelo de que contra todo pronóstico resultara.

No aguanté hasta el examen de sangre y me hice un test (varios si queremos ser honestas, Ja! Ja!Ja!).

Y, al final, ahí estaban, las anheladas dos rayitas. El embarazo fue todo lo que soñé. Valió la pena el camino para llegar a cuidarlo a él en mi guatita.

Un abrazo grande para todos los que siguen esperando su regalo más grande. A veces el embrioncito que menos pensaban que fuera a resultar, es el que te cambia la vida.